Hay prácticas culturales que no necesitan ser “reveladas” por la academia, el cine o la teoría para ser profundamente queer. El jaripeo —esa constelación de toros, botas puntiagudas, música a todo volumen, alcohol, riesgo físico y exaltación del macho— es una de ellas. Que ahora exista Jaripeo, el documental coproducido internacionalmente en 2026 y dirigido por Efraín Mojica y Rebecca Zweig, no crea el fenómeno: lo nombra, lo mira de frente y lo acompaña. Pero el jaripeo ya era queer mucho antes de que Sundance lo programara o que la https://www.berlinale.de/ lo vaya a mostrar como una de sus joyas.
El exceso como grieta
El jaripeo es hipermasculino hasta el exceso. Y todo exceso, tarde o temprano, se quiebra. Cuerpos apretados en camisas brillantes, cinturones imposibles, miradas sostenidas más de lo necesario, abrazos que duran demasiado, lágrimas después de la caída del toro. El machismo no solo se exhibe: se performa. Y toda performance abre la puerta a la ambigüedad.
Lo queer no aparece a pesar del machismo, sino dentro de él. En la exageración del gesto viril, en la teatralidad del riesgo, en la necesidad constante de ser visto por otros hombres. El jaripeo es un escenario donde el deseo circula sin nombrarse, donde la intimidad masculina se camufla de competencia y bravura.
Michoacán: memoria, anhelo y deseo
El documental Jaripeo sitúa su mirada en Michoacán, pero lo que retrata trasciende lo local. Mojica y Zweig proponen un descenso: del ruido al recuerdo, del polvo al anhelo, del espectáculo al deseo queer que no siempre tiene palabras. No se trata de “salir del clóset”, sino de habitar un clóset gigantesco, colectivo, ruidoso, donde todos saben pero nadie dice.
Ahí, lo queer no es identidad política ni etiqueta contemporánea: es sensación. Es nostalgia. Es una forma de mirar y ser mirado. Es la tensión constante entre pertenecer y esconderse.
El documental como espejo, no como certificado
Que Jaripeo tenga su estreno mundial el 25 de enero de 2026 en el Festival de Cine de Sundance, dentro de la sección NEXT, y luego viaje al Festival Internacional de Cine de Berlín en su sección Panorama, no lo convierte automáticamente en “importante”. Lo importante es que funciona como espejo, no como acta notarial.
El cine queer —cuando es honesto— no descubre, acompaña. No etiqueta, escucha. En ese sentido, el apoyo de instituciones como Sundance Institute Documentary Fund, SFFILM Documentary Fund, Chicken & Egg Pictures, Points North Institute, ITVS y Arte no legitima el fenómeno: permite que exista una mirada sostenida, cuidadosa, compleja.
Lo queer sin bandera
El jaripeo es queer incluso cuando nadie se reconoce como tal. Incluso cuando hay homofobia explícita. Incluso cuando la palabra “queer” no tiene lugar en la conversación. Porque lo queer no es solo identidad: es fricción. Es contradicción. Es deseo que no encaja en el relato oficial.
Por eso el título de este artículo no es una provocación gratuita. Es una constatación: el jaripeo no se vuelve queer porque un documental lo diga. El documental existe porque el jaripeo ya lo era.
Y quizás ahí radica su potencia política más incómoda: demostrar que lo queer no siempre está donde creemos, ni habla como esperamos, ni pide permiso para existir.
